La vida "envidiable" de los toros de lidia
Dicen los taurinos que los toros bravos llevan una vida regalada. Que durante los cuatro o cinco años que viven antes de morir lo hacen a todo plan, bien alimentados y mejor tratados, y que sólo al final, durante la lidia, pueden sufrir un poquito durante apenas quince minutos. Una vida envidiable, vaya.


Es evidente que muchos de sus congéneres tienen peor suerte: en algunas explotaciones intensivas de bovinos de carne, los terneros son enjaulados en pequeños cajones de madera y allí permanecen durante su corta vida sin ver el Sol ni apenas moverse. Otros terminan en macabros mataderos después de largas horas de transporte en condiciones infernales y terminan muriendo apuntillados con agonías muy dolorosas ¡Lástima que los taurinos, tan preocupados por el bienestar de los toros no nos ayuden en las campañas que emprendemos para terminar con tales aberraciones!


Pero este no es el tema. Un mal no puede ser justificado por otro. El asunto es razonar si los toros de lidia disfrutan de verdad de tantos privilegios.

Hay que empezar por decir que la mayor parte de los animales nacidos en ganaderías de lidia no llegan a los cuatro o cinco años: o son lidiados mucho antes en cosos y plazas de pueblo (con dos o tres años) o son enviados al matadero por defectuosos, o son hembras y también son sacrificadas si no se desean como reproductoras. En realidad, menos del 5% de los toros nacidos en las ganaderías de lidia llegan a los cuatro años de vida.

Pero fijémonos en los “agraciados”, en esos pocos que finalmente morirán a los cuatro o cinco años en un coso taurino. Su destete se produce cuando tienen unos cuatro meses de edad. Para que no sigan mamando se emplean diversos métodos. El doctor veterinario Manuel prieto cita, en su obra “Ganado vacuno”, el empego: untar con pez ardiente los pezones de las madres para que éstas, a causa del dolor, impidan a sus hijos mamar...

Cuando cumplen un año son marcados a fuego con el hierro de la ganadería y el año de nacimiento. Las quemaduras se hacen “en vivo” y son de enorme tamaño. En las orejas, también en vivo, se les practican mutilaciones como signo distintivo de la ganadería.


A los dos años sufren la tienta, a veces por el método de acoso y derribo, tan traumático que algunos ganaderos ya lo han abandonado. Y a los cuatro o cinco años (más bien cuatro cortitos) mueren en la plaza vomitando sangre mientras los espectadores se divierten (yo llamaría a eso una muerte poco digna).

Por supuesto, en esos años se les impide cualquier contacto con las vacas, de modo que los comportamientos homosexuales son muy frecuentes entre ellos (lo cual no sería traumático si no fuese obligado).

Finalmente, no parecen llegar en muy buenas condiciones de salud a los cosos. Según unas estadísticas que han llegado a nuestras manos de los servicios de inspección veterinaria franceses, en el ochenta por ciento de las autopsias realizadas a toros lidiados se encuentran pruebas de sufrir graves enfermedades: tuberculosis, tumores, hepatitis, etc. Tanto es así, que las autoridades sanitarias de Colombia han ordenado que todos los toros españoles lidiados allí sean inmediatamente incinerados después de la corrida.

En resumidas cuentas: comparando estos hechos con los de la vida de una persona significaría vivir unos veinte años sufriendo destete prematuro, alejamiento de la madre, marcaje a fuego, mutilaciones identificadoras, homosexualidad o castidad obligada y... muerte por tortura ante un público que lo festeja. La verdad, todo esto no coincide con lo que se suele definir como “vida regalada”.
Luis Gilpérez Fraile (Vicepresidente de ASANDA)