El mundo sin carne: niños del primer mundo y del tercer mundo

Como mencionaba en un artículo anterior, la ingesta de “ganado alimentado con grano” marca la entrada de los países en las sendas del desarrollo: a medida que los países avanzan y se hacen más ricos, es estructural al modelo que instalen granjas industriales y comiencen a escalar en la ingesta de proteínas animales. Según Jeremy Rifkin en su libro “Beyond the Beef”, la población de cada país desarrollado occidental sufre de sobrepeso, y hacia allí avanzan los países en desarrollo.

Sin embargo, sucede algo paradójico y abyecto: mientras existen enfermedades asociadas a la abundancia como el sobrepeso, muchas personas cuidan tanto su autoimagen que caen en el terreno contrario: “los americanos gastan 5 millones de dólares al año tratando de perder peso, y la mayoría atribuye la apariencia física como motivación. En encuestas de opinión nacional que duraron varios años, 44% de las mujeres estadounidenses y un 21% de los hombres declararon que les gustaría perder peso. Actualmente, una de dos mujeres están haciendo una dieta “la mayoría del tiempo”. Entre los jóvenes, adelgazar es una obsesión. Más del 63% de las chicas en edad escolar de EE.UU hacen dietas, y un 16,2% de los chicos. Las chicas pasan en promedio 11 semanas al año haciendo dietas... Esta fijación patológica se manifiesta en anorexias y bulimias entre las adolescentes de clase media y media alta. En una encuesta de la revista Glamour hecha a 33.000 mujeres, un 50% declaró estar siempre o frecuentemente usando píldoras para adelgazar, un 27% usa fórmulas dietéticas líquidas, 18% usa diuréticos. Purgar el cuerpo (a menudo, después de comer grandes cantidades) es muy común: un 18% usa laxantes para eliminar el peso, y un 15% se induce el vómito.

Mientras los países ricos mueren de enfermedades de opulencia (obesidad, enfermedades cardíacas, asma, diabetes, etc.) los pobres languidecen por la falta de nutrientes básicos: el Banco Mundial estima que entre 700 millones y mil millones de personas viven en la absoluta pobreza en el mundo. Contrario a la creencia popular, los pobres se empobrecen más cada día. El hambre crónica afecta a 1.300 millones de personas, de acuerdo a la OMS.

La edad del progreso lo ha sido sólo para unos pocos, y el resto permanece fuera esperando su oportunidad. Cerca de 20 millones de personas mueren al año de hambre y enfermedades asociadas. “La desnutrición afecta a cerca de un 40% de los niños de las naciones en desarrollo y contribuye directamente a la muerte estimada de un 60% de los niños, escribe Katrina Galway del Instituto para el Desarrollo de Recursos, en un reporte para la Agencia Estadounidense de Desarrollo Internacional (USAID)."

“Mientras millones de jovencitos norteamericanos se angustian por el exceso de peso gastando dinero, tiempo y energía emocional en adelgazar, los niños de otras latitudes se debilitan, se atrofia definitivamente su crecimiento y desarrollo físico, sus cuerpos se llenan de parásitos y enfermedades oportunistas, sus cerebros apenas se desarrollan por la falta de nutrientes en su dieta. La debilidad es un síntoma de desnutrición aguda, resultado de la combinación de ingesta insuficiente de alimentos y una alta incidencia de enfermedades infecciosas, como la diarrea. El retraso en el crecimiento viene por la desnutrición crónica y la exposición de largo plazo a enfermedades infecciosas.” (Beyond the Beef, P. 177).

La debilidad generalmente comienza inmediatamente después que el niño deja de tomar leche materna. La leche de la madre contiene nutrientes vitales que lo ayudan a inmunizarse y mantener a raya las enfermedades infecciosas. La comida que debe reemplazar a la leche materna no siempre contiene los suficientes nutrientes para proteger y alimentar al pequeño. El resultado es que el bebé está más expuesto mientras más activo se vuelve.

“La mayoría de los niños desnutridos del tercer mundo desarrollan diarreas severas, la asesina infantil número uno. La diarrea se acompaña usualmente de episodios de vómitos -ambas condiciones que se derivan de ambientes insalubres. La diarrea y los vómitos expulsan cualquier nutriente que entre al estómago del niño, por lo que está limitado a una dieta de baja energía, pocas calorías y proteínas. Al tiempo que el niño cumple su primer año, contrae uno o más parásitos intestinales crónicos. Los parásitos devoran cualquier proteína o caloría que el niño pueda albergar en su cuerpo, condenando al niño a un proceso irreversible de debilitamiento que afectará el crecimiento celular, el peso corporal, la estatura y el desarrollo cerebral. No es raro que los niños desnutridos antes o durante el primer año de vida sean retardados físicos o mentales. Como estos niños nacen, a su vez, de madres desnutridas, tienen altas probabilidades de sufrir malformaciones físicas congénitas... “El ADN contenido en el cerebro de los niños que mueren de malnutrición, nacidos de madres desnutridas, puede ser más pequeño hasta en un 40% que el cerebro de un niño normal”. Estos niños crecen con sus capacidades mentales disminuídas, llenos de enfermedades físicas, tan debilitados crónicamente que permanecen en estado letárgico y apático de por vida. Sus funciones metabólicas fallan: son vulnerables al frío y la hipotermia. Su sistema inmunológico apenas funciona: las heridas abiertas nunca cierran, aún cuando el niño no pueda sentir dolor. Las llagas nunca están hinchadas o rojas. No hay pus. El hígado, riñones, corazón y otros órganos, debilitados, comienzan a fallar.

 

Millones de niños se ven enfrentados a este destino, porque en sus países los cereales se exportan para alimentar el ganado de los países desarrollados. Sus vidas, mentes y cuerpos son tan diferentes de los niños del primer mundo que parece mentira. Y lo peor es que raras veces pensamos en su sufrimiento, porque si no está cerca no existe. Y porque, es mejor no pensarlo mientras engullimos egoístamente un trozo de carne "de ganado alimentado con grano”.

Fuente: Beyond the Beef. Fuente imágenes: Filipe Moreira, Another Pint Please.

 

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